La rigidez moral hablando

Me he dado cuenta que casi todos vamos por la vida con una regla en la mano. Una regla que no vemos, que no nos atrevemos a mostrar, pero que la usamos todo el tiempo. Medimos todo: decisiones, palabras, vínculos, errores… Unas veces lo hacemos con muchísima elegancia, desplegando formas medidas y palabras bien elegidas; otras, con un grado de severidad que asusta. Durante años aprecié esa rigidez moral con una mezcla de admiración y alivio: admiración porque me parecía que brindaba seguridad, y alivio porque, aparentemente, prometía orden en un mundo lleno de caos.
Esta rigidez no es algo que se manifieste siempre de forma explícita. Algunas veces se expresa en frases aparentemente inofensivas, en opiniones rápidas, y hasta en veredictos. Se manifiesta en la necesidad de tener razón, de explicar cómo deberían hacerse las cosas, de marcar límites ajenos con absoluta seguridad. Y he visto cómo genera en nosotros una especie de falsa tranquilidad: mientras todo encaje en el esquema, nada parece salirse de control. Pero el gran problema aparece cuando la vida, como suele hacerlo, decide no encajar.
Con los años he empezado a notar lo que esta postura produce: personas cansadas de mantener una coherencia perfecta, vínculos tensos, y una gran dificultad para convivir con la contradicción humana. Y esto me parece trágico porque la contradicción muestra algo muy humano: que estamos en proceso, que aprendemos a tropezones, que no siempre sabemos cómo vivir lo que creemos. Convivir con esa contradicción implica tolerar la ambigüedad, el gris, lo inacabado. Y eso resulta difícil porque amenaza nuestra sensación de seguridad. Pero también produce una dureza que no se dirige hacia afuera: muchas veces el juicio más implacable es hacia nosotros mismos. No hay margen para fallar sin culpa, para cambiar de opinión sin sentirnos incoherentes, para equivocarnos sin justificarnos.
Y en medio de todo eso, empiezo a reconocerme más cerca de esa rigidez de lo que me gustaría admitir. Es un hábito que va y vuelve, algo que aún no termino de resolver. Todavía me descubro en momentos en los que esa moral me da seguridad, en los que confundo claridad con dureza, en los que defiendo ideas con tal de no desordenarlo todo. Con cierta incomodidad, me doy cuenta de que algunas de esas inseguridades no nacen solo de la convicción, sino del miedo a quedarme sin un mapa.
Cuando el cambio logra aparecer, no es constante, sino más bien irregular. Hay días en los que escucho más y juzgo menos, y otros en los que la vieja necesidad de clasificar se me adelanta. Voy aprendiendo, aunque no siempre en el momento justo, que no todo necesita una evaluación moral inmediata, que las personas no somos casos a resolver sino procesos en movimiento, y que la vida, rara vez, se deja acomodar en esquemas estrechos.
Estoy aprendiendo a no usar mis valores como martillos. Hago el intento de vivirlos más como una brújula que me orienta, pero que no me garantiza ningún trayecto recto. Entender esto no me resulta fácil ni mucho menos automático. Aflojar la rigidez es un ejercicio cotidiano, lleno de pequeñas resistencias internas. A veces incluso me sorprendo sonriendo cuando reconozco esa rigidez asomándose, queriendo ordenar el mundo desde una silla muy alta. No siempre logro bajarme de ella, pero al menos ya la veo. Y en ese acto de ver, en ese intento de elegir otra forma, siento que algo empieza a cambiar.
