El día que me senté junto a mí misma

A veces pasamos la vida entera transitándola aprisa. Vamos detrás de las metas, de las responsabilidades, de los "tengo que" y de las expectativas ajenas. Y en ese torbellino de adultez, nos convencemos de que madurar significa dejar atrás el pasado, cerrar con llave el baúl de la infancia y ponernos el uniforme de la seriedad.

Pero hace poco me detuve a mirar una vieja foto mía y, por primera vez en mucho tiempo, no vi el pasado como algo lejano. Lo vi como un espejo.

¿Te has preguntado alguna vez dónde se esconde la niña que fuiste?

No se quedó atrapada en el papel fotográfico desgastado, ni en el patio del colegio, ni en aquellos días en que la mayor preocupación era que el sol no se ocultara para seguir jugando. Ella sigue ahí. Vive en tus silencios, en tus miedos inexplicables, en esa chispa de curiosidad que a veces intentas apagar para "encajar", y en la forma en que buscas protección cuando el mundo exterior se vuelve demasiado abrumador.

El reencuentro en el muro de ladrillos

Imagino por un momento que el tiempo no es una línea recta, sino un banco de madera o un viejo muro de ladrillos donde el presente y el pasado pueden sentarse a conversar.

Sentarme allí, al lado de mi propia infancia, ha sido el acto de amor más revolucionario que he hecho por mí misma.

Al principio, da un poco de pudor. La adulta llega cargada de ojeras, con la espalda tensa y una camiseta roja que intenta proyectar seguridad. La niña, en cambio, se sienta con su overol de siempre, abrazando con fuerza lo que ama, mirando a la cámara con una mezcla de timidez y absoluta confianza en el futuro. No juzga. Solo observa.

Reconciliarse con uno mismo no es borrar los tropiezos del camino; es mirar a esa pequeña y decirle: "Perdón si a veces me olvidé de ti, pero mira... sobrevivimos. Lo logramos".

Sanar el puente entre las dos

Abrazar a nuestra niña interior implica hacer las paces con sus heridas. Es entender que muchas de las corazas que hoy cargamos como adultas —las palabras que callamos, las distancias que ponemos, el control con el que nos blindamos— se construyeron para proteger la fragilidad de esa pequeña que alguna vez se sintió expuesta.

Reconciliarse es decirle a los ojos: 

«Ya no tienes que temer, ahora yo soy la adulta y estoy aquí para cuidarte».

«Tu sensibilidad es tu fuerza, no dejes que la rigidez del mundo te quite la capacidad de asombrarte».

«Está bien ser tú, con tus ojos oscuros y profundos, con tu pelo rebelde, con tu historia».

Volver a casa

Cuando la adulta y la niña logran mirarse de frente y sonreír en sintonía, algo se acomoda en el alma. La piel se siente más ligera, el tono de la vida se vuelve más parejo y la nostalgia deja de ser un dolor para convertirse en un remanso cálido.

No dejes a tu niña sola en el pasado. Invítala a caminar contigo hoy. Deja que te recuerde cómo se siente reír sin motivos, cómo se abraza lo genuino y qué se siente vivir sin tanto peso sobre los hombros. Al final del día, la mujer que eres hoy es el sueño más grande de la niña que fuiste. Elige honrar ese sueño.

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